¿Por qué los minutos pueden “volar” o hacerse “eternos” en nuestro cerebro?

Publicado por: 17/01/2018 0 comments 421 views

Estamos pasándola muy bien charlando con amistades. Miramos el reloj y ¡no podemos creer cómo pasó la hora! Pero en otras situaciones, como las de temor, todo pasa en cámara lenta. Enterate por qué.

Como neurólogo muchas veces tengo que preguntar a familiares que vieron por primera vez a su ser querido convulsionar ¿cuánto duraron las sacudidas? Casi todos  responden arriba de los 20 minutos, cuando en realidad la mayoría de los movimientos convulsivos no duran más de 1 minuto.

Varias investigaciones señalan que en un contexto de peligro, sentimos que el tiempo se alarga. Cuando el cerebro siente mucho miedo activa la amígdala cerebral que nos obliga a focalizar nuestra atención y a procesar toda la información que podamos en el menor tiempo posible, para de esta manera aumentar las probabilidades de sobrevivir. Ya sea que corramos, nos quedemos paralizados o tomemos una acción sobre la amenaza, lo que hagamos en segundos será recordado como minutos. En la vida diaria guardaremos información en “baja definición”, pero cuando aumentamos el nivel de atención sobre todo los detalles pasa a “alta definición”. Al momento de recordar, para poder apreciar todos esos detalles sin perder ninguno es mejor hacerlo en “cámara lenta”.

En 2011, un estudio francés de Droit-Volet y Gil de la universidad francesa Blaise Pascal, hicieron observar a los participantes de un estudio tres películas distintas: una triste, otra de terror y una emocionalmente neutral. El grupo que miraba el film de terror y les producía miedo sobrestimaban la duración de la película, algo que no sucedía con filmes de otro tipo.

Por el contrario, en situaciones placenteras percibimos que el tiempo transcurre más rápido. En experimentos realizados con ratones, se midió la actividad de las neuronas que liberan dopamina (neurotransmisor que genera placer) y se comprobó que su activación o inhibición transitoria podía frenar o acelerar la estimación del tiempo. Esto podría demostrar por qué la apreciación del tiempo es más lenta en las personas con Párkinson, una enfermedad en la que hay un déficit precisamente de dopamina. También sucede lo mismo con el uso de fármacos neurolépticos, que inhiben los efectos de la dopamina y lo contrario con drogas como la cocaína que los aumentan, creando la impresión de que el tiempo pasa más rápidamente.

No es un solo sector del cerebro que se encarga de medir el tiempo, sino que es una red funcional que activa distintos componentes, donde por ejemplo hay neuronas que emiten pulsos con determinadas frecuencias y otros que los agrupan según las memorias con que se asocian. La conciencia del tiempo mejora durante la infancia a medida que se desarrollan las capacidades de atención y de memoria a corto plazo de los niños, un proceso que depende de la maduración lenta del sector más frontal de nuestro cerebro.

Actualmente los relojes atómicos son la forma más precisa para medir el tiempo, que en vez de utilizar la oscilación de un péndulo, miden la frecuencia de vibración de un átomo del elemento Cesio 133. Solo atrasan 1 segundo en 15.000 millones de años y ese nivel de precisión es crucial para multitud de tecnologías, desde satélites de comunicación hasta GPS.

Pero existe un reloj aún más fascinante en nuestro cerebro, marcado por cómo llenamos nuestro tiempo de vida e influido por nuestros recuerdos y emociones.

(*) Médico Neurólogo – Máster en Neurociencias.