Padre e hijo con la misma vocación de servicio

Publicado por: 08/06/2018 0 comments 96 views

El 17 de junio es el Día del Padre. En ese marco, Viví Mejor conversó con Rolando y Guillermo Ciró, ambos médicos y padre e hijo respectivamente que, además del apellido y la profesión, comparten la habilidad en las manos ya que son cirujanos. 

Mónica Ritacca

Rolando y Guillermo Ciró son padre e hijo respectivamente. Tienen 81 y 49 años, y una misma vocación: la de ser médicos y, coincidentemente, cirujanos. Viví Mejor los entrevistó, en el marco del 17 de junio que se conmemora el Día del Padre.

Para ambos hombres, para ser médicos “más que vocación hay que tener pasión”. Y ello la tienen. Se les nota cuando hablan, y cómo hablan de su profesión.

La nota con padre e hijo se llevó a cabo en el Sanatorio Santa Fe, uno de los lugares donde se desempeña Guillermo Ciró como cirujano infantil y donde también trabajó Rolando Ciró. En el trato de sus colegas, y sobre todo en el recibimiento que le dieron a Rolando, se notó que ambos son muy queridos por colegas y el personal.

Aunque la medicina llegó en circunstancias y tiempos completamente diferentes, los dos comparten algo más que el apellido y la sangre: la habilidad en las manos.

“Cuando yo tenia 15 años se me ocurrió rendir libre 5to. año en el Colegio Nacional porque quería ser médico y esas materias de la currícula no me iban a ser tan útiles. Y así hice. Como me había quedado una materia colgada, en la Universidad de Rosario no me aceptaron. En la de Córdoba me tomaron como condicional y cuando en julio de 1953 aprobé la materia empecé a estudiar medicina”, contó Roli, como lo conocen al mayor de los doctores Ciró. Y agregó: “Cuando arranqué saqué muy buenas notas en Anatomía y fui disector, o sea quien abría los cadáveres para que los estudiantes aprendan por dónde pasan los músculos, las venas y las arterias. Ahí ya sabía que quería ser cirujano. Ya en 4to. año de la carrera empecé a hacer las prácticas en el hospital Nuestra Señora del Valle en Córdoba y me hice cirujano con el reconocido doctor Domingo Liotta, el creador del corazón artificial. Es más: yo fui uno de los que lo ayudó en 1959 a operar a un perro que vivió seis horas con un corazón artificial”.

En la familia Ciró no había médicos, pero sí una persona muy habilidosa con las manos y de quien estima Rolando heredó el don: su padre Don Pedro, que era peluquero.

Para Guillermo, la pasión por la medicina llegó de otra manera. Como hijo de médico, creció sabiendo que no hay horario para salir corriendo a una cirugía. “De chico me acuerdo que papá estaba poco y trabajaba mucho.  A las 7 de la tarde, cuando terminaba el consultorio, iba a casa un ratito y se iba a operar. Yo tengo dos hermanas, una que es mi melliza y otra más chica. Él programaba las cirugías a esa hora y muchas veces volvía cuando yo ya estaba dormido. Pero siempre me preparaba el desayuno y desayunábamos juntos”, recuerda Guillermo. Y agrega: “En casa nunca se hablaba de patologías, de las cosas feas que uno vive en esta profesión. Sí compartíamos las cosas lindas. Supongo que por eso me entró el bichito de estudiar medicina”.

Un día, Guillermo le pidió a su padre Rolando acompañarlo a una cirugía. Y el momento llegó en el marco de una emergencia, cuando al mayor de los Ciró lo llaman del hospital Cullen. “Mi padre jamás me impuso que estudiara medicina. Fue algo que nació de mi. Tal es así que la primera vez que me llevó fue por un herido de arma blanca que estaba con todas las vísceras afuera. Yo estaba en 4to. año de la secundaria y seguí con mi idea intacta”, contó.

Cómo será la vida que, sin pensarlo ni buscarlo, la historia se repite. Es que una de las dos hijas de Guillermo también quiere estudiar medicina y le pidió a su padre poder acompañarlo. En su caso, fue una laparascopía la que le tocó observar.

Circunstancias de la vida

Padre e hijo no tuvieron muchas oportunidades de entrar en acción juntos a un quirófano, como les hubiese gustado. En 1986, Rolando tuvo que elegir entre su vocación de operar o su propia vida. “Ese año tres bypass me obligaron a dejar las cirugías. Como yo hacía cirugías de urgencia y era muy estresante, el doctor Liotta que fue quien me operó me dijo ‘elegí: o vos o las cirugías’. Yo tenía 50 años, era muy joven. Pero bueno, así se dieron las cosas”, dijo. Por entonces, Guillermo comenzaba a estudiar medicina.

Además de cirujano, Rolando era docente. Así que continuó su labor de médico desde el rol de profesor y se dedicó a escribir muchos libros que hoy están en varias bibliotecas de profesionales.

Resta decir que padre e hijo tienen muchas cosas en común. En el marco del Día del Padre, Guillermo agradeció a su padre los valores inculcados de amor por la familia, los amigos y la profesión, y Rolando le dijo a su hijo lo orgulloso que se siente. “Actualmente, mi hijo es miembro de la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Cirugía Infantil”, advirtió, como quien dice, sacándose el sombrero por su hijo.